OSCARS 2011
Sofía Ferrero Cárrega, Christian Martinez Sanchez
Para publicaciones como Film Conductor, que tienen como objetivo tratar (y por ende promocionar) el cine menos comercial, el momento de los premios Oscar siempre genera la duda: ¿hablamos de ellos o no?
Ell resultado de los premios en sí nos resulta casi anecdótico ya que no solemos compartir ni confiar en las decisiones que implican. Sin embargo, los premios de la academia son los más importantes de la industria occidental e incluyen una serie de decisiones comerciales, ideológicas y políticas que creemos válido analizar.
Uno de los hechos que más nos alejan a la hora de valorar los premios es que los Oscars son entregados por la industria cinematográfica que, como tal, piensa en términos redituables desde la planificación de la ceremonia (según cómo tendrá más audiencia) hasta las nominaciones y, por qué no, los premios en sí.
Entendiendo que los premios son el punto álgido de popularidad de las películas que premian, se supone que una gala tendrá buena audiencia cuando están nominados films que han tenido gran éxito y buen feedbak con el público. Tomemos como ejemplo el histórico año de 1998 cuando la audiencia llega a su record y Titanic se lleva 11 premios.
Sin embargo, las últimas ediciones han estado dedicadas a films que entran y salen de la memoria a la velocidad de la luz y que, meses más tarde, no son recordados por casi nadie como Crash en 2006.
Ahora bien. Para entender este caso es necesario analizar las demás películas que estaban nominadas ese año: además de Crash, estaba en la lista una película que generó un gran revuelo. Brokeback Mountain, con 120 millones de dólares de recaudación (la más exitosa de ese año), fue también una de las más nominadas y premiadas en la historia del cine (tanto en Globos de Oro como en Oscars). Crash, de entre las nominadas, era la insignificante, la que no se explicaba que estuviera en la lista y por ende la mejor elección a la hora de dar un mensaje. Si se premiaba a Munich o Good Night and Good Luck el mensaje se perdería porque esas sí eran potenciales ganadoras. Pero elegir a Crash por sobre las mencionadas sólo cobraba sentido como un premio con moraleja. Un mensaje claro y agresivo. Esto no se premia.
Hay otros años en que las modas se imponen. No hay más que recordar cómo en 2009 Slumdog Millionaire arrasó con ocho premios cuando todo el mundo apostaba por The Curious Case of Benjamin Button. El mayor mérito de la película de Boyle fue traer a occidente el estilo bollywoodiense, a través de una estética videoclipera posmoderna que arrasó. Y no sólo el film. Recordemos cómo su banda sonora se alzó en los primeros puestos de muchas listas de ventas e impuso, asimismo, una forma de presentar las bandas sonoras mixtas.
Otra de las cuestiones para entender tanto a los premios como a los premiados son las reglas que rigen que una película quede descalificada de las nominaciones. Por ejemplo, si realiza campañas por correo o mail en las que se promocione la película o alguno de sus participantes y que incluya críticas favorables y reviews. Este año fue el caso de Buried de Rodrigo Cortés, que quedó fuera de los premios debido a que su guionista envió una serie de correos haciendo lo propio.
Sin embargo, hay maneras mucho más sutiles de hacer campaña, por ejemplo la que realizó la gente de Pixar, fascinada ante la posibilidad de que Toy Sorty 3 se quedara con el premio a mejor película, más allá de su segunda nominación como mejor película de animación. En este caso, sacaron una serie de videos donde se ve a los personajes emulando escenas de films clásicos y por supuesto, multipremiados.
El tema de las bandas sonoras es aún más complicado porque las restricciones llegan a puntos ridículos. Este año, por ejemplo, la elaboradísima música de Black Swan compuesta por Clint Mansell quedó fuera de las nominaciones por ser una partitura "diluida por el uso de canciones o música preexistente”. En este caso, “El Cisne Negro” de Tchaikovsky. Por su parte, The Fighter y The Kids are Alright han quedado fuera de competencia por entrar en las partituras cuyo impacto queda disminuido por "el uso predominante de canciones" al estar más cerca de una banda sonora (soundtracks) que de una banda sonora original (original scores).
Este año, la Academia intentó ganar audiencia en los jóvenes a través de los presentadores: James Franco y Anne Hathaway, dos de los actores más exitosos y con una acusada presencia en las redes sociales. Franco se encargó, por ejemplo, de ir subiendo a internet pequeños videos del backstage de la ceremonia, de los pasillos y fotos con los demás actores que presentaban premios. Éstos recursos y la actuación sobreexitada de Hathaway que saludaba con el nombre de pila a cada actor que tenía en frente, le quitaron toda elegancia y misterio a una gala que buscaba ser más cercana y cálida.
Las preguntas que siempre quedan rondando son varias.
¿Será una lucha que se debate entre premiar la calidad cinematográfica o lo que más vende? ¿Serán transparentes o serán manipulados? Lo que sí tenemos claro es que, por lo menos como espectadores de la gala y cinéfilos, lo último que buscamos son unos premios que se queden en las medias tintas, que experimente y pruebe nuevas maneras de vender. A lo mejor deberíamos ver las galas de los premios Razzies. Ellos sí que parecen conocer sobre gustos.
