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El mar

Ignasi F

 

 

 

El mar

Director: Agustí Villaronga

Guionistas: Antonio Aloy, Biel Mesquida y Agustín Villaronga (sobre la novela de Blai Bonet)

Intérpretes: Roger Casamajor, Bruno Bergonzini, Antonia Torrens

Duración: 108 minutos

Editora: Cameo

Idiomas: VO (catalán)

Materiales añadidos destacados: Audiocomentario del director, documental 'Villaronga, la audacia de lo oscuro'

 

A lo largo de su ligeramente guadianesca trayectoria, Agustí Villaronga ha proyectado unos signos de identidad muy marcados, desde su gusto por la representación del mal a un cierto ánimo de denuncia de los sistemas de creencias (religiosos o políticos) como realidades dañinas, especialmente en lo tocante a la asunción de la homosexualidad propia o ajena. El mar es quizá su película más paradigmática, una dura adaptación (trufada de imágenes desagradables y transgresoras) de la novela homónima de Blai Bonet. La ficción viene marcada por la Guerra Civil y por sus cicatrices, que difícilmente sanaban en la inacabable postguerra que fue, al menos para los vencidos, el régimen de Franco.

 

La película relata como Ramallo, Manuel Mur y Francisca, tres habitantes de una pequeña localidad insular, se reencuentran  en un sanatorio para tuberculosos años después de iniciarse, muy jóvenes, en la contemplación y comprensión de la muerte. Ellos son enfermos; ella, una cuidadora. Y los tres, junto con un maduro contrabandista homosexual  y Dios, forman una especie de pentágono amoroso que sucede en ese espacio límbico en el que abundan los derrotados por el alzamiento militar. Villaronga parte de los horrores de la guerra en un brutal prólogo, para retratar las heridas de un dramatis personae muy diverso. Ramallo es narcisista, vital y directo. Tur es un joven timorato y atormentado cuyo fervor religioso convierte su pulsión homosexual en algo sórdido. Ambos tienen en común, más allá de lo opuesto de su apariencia, la capacidad de traicionar sin problemas de conciencia cuando se sientan amenazados o necesitados: un tema al que volvería el realizador en su reciente Pa negre.

 

El filme es una muestra de una concepción del cine poco cerrada: Villaronga no se presenta como un incondicional de la concisión narrativa ni de la morosidad, y parece permitir que cada escena encuentre su ritmo propio. Y también una estética relativamente diferenciada, puesto que conviven secuencias capturadas mediante trabajos de cámara muy dinámicos, con momentos hanekianos de contemplación distante, estática, de la violencia. Posiblemente, el eclecticismo del realizador hace más difícil ver en el filme algo más que una narración episódica, por mucho que su división capitular proyecte una vertebración más sólida que obras precedentes. Villaronga, en todo caso, se propone buscar los puntos sensibles de la audiencia, y posiblemente lo consigue. Su tour de force sensorial aparece sugerentemente culminado por un amargo y turbiamente apacible momento de paz, que sucede a una tormenta de pasiones terribles.